Madrid, Akal Clásica
1998
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Vaya por delante mi enhorabuena a la editorial Akal Clásica y a M. Mañas por esta publicación que por fin rescata del olvido a Fedro y Aviano. Hora era de que la filología latina española se sacudiera el generalizado desinterés que ha mostrado por este género “menor”. Que lo haya hecho con una traducción de los dos fabulistas latinos, precedida de un amplio estudio introductorio, es tan acertado como justo, pues este libro viene a llenar un vacío que ya resultaba alarmante en nuestras bibliotecas. De M. Mañas, el autor, cabía esperar, cuando menos, rigor filológico. Y así ha sido: como resultado, un buen libro. Sin embargo, como en todo buen libro, junto a los aciertos -los más- hay aspectos discutibles -los menos- que merecen ahora un breve comentario. Veamos.
Teniendo en cuenta la poca extensión del texto de Aviano (cuarenta y dos fábulas breves), parece oportuno haber unido en un solo libro a los dos fabulistas, y parece oportuno también haber dividido el libro en sendas partes. Sin embargo, no veo por qué cuando se hace una edición de más de un autor han de editarse por separado los estudios introductorios. Frente al Esopo y Babrio de Gredos (1978) -por ceñirnos al género-, así presentado, prefiero, por estimarlo más cómodo para el lector, la estructura del Babrius and Phaedrus de B. E. Perry (Loeb 1965), donde una única introducción, con los pertinentes apartados, da cuenta ordenada de aspectos varios sobre el género y los autores.
En el libro que nos ocupa precisamente la elaboración de dos introducciones ha provocado algunos problemas en la bibliografía. Si hay dos apartados bibliográficos para dos autores de un mismo género literario, ¿qué debe hacerse con los estudios sobre cuestiones de género o de aspectos generales? ¿Citarlos dos veces? Repetición innecesaria. Como es el caso de la Historia de la fábula greco-latina de Rodríguez Adrados (pp. 164 y 305) y el de las Fábulas medievales de Sánchez Salor (pp. 164 y 305). ¿Citarlos una vez? ¿Dónde y con qué criterios? Es el caso de la celebérrima obra de L. Hervieux: ¿por qué aparece citada sólo en la bibliografía de Aviano (p. 304) y no en la de Fedro, si Hervieux dedica a Fedro y sus imitadores el tomo I de Les fabulistes latins? En una introducción única se hubiera solventado esto destinando una parte a obras genéricas y sendos apartados para la bibliografía específica de cada autor. Algo parecido se hizo en el Esopo y Babrio de Gredos.
Hay en este libro diferente tratamiento para Fedro y Aviano. Fedro goza del favor de un estudio de más de ciento cuarenta páginas, frente a una cuarentena en el caso de Aviano. Es cierto que este fabulista ha sido menos estudiado y la bibliografía, como bien dice Mañas (p. 285), es escasa, pero se le podría haber hecho un poco más de justicia, al menos para no seguir contribuyendo a su marginación. Si Mañas ha dedicado una veintena de páginas muy provechosas a la exposición de los temas cínicos en Fedro (pp. 48-68), podría haber profundizado un poco más en el “moralismo cínico-estoico” de Aviano, tan sólo señalado con breves menciones (pp. 274 y 275). El moralismo de Aviano, aspecto por el que fue un autor difundidísimo en la Edad Media, daba para más que cuatro páginas (pp. 272-275). Algo parecido ocurre con la técnica narrativa: la de Fedro se analiza en un capítulo (pp. 41-44); la de Aviano en ninguno. Tampoco parece que Aviano tenga “lengua, estilo y métrica” en este libro, mientras que Fedro tiene un capítulo propio (pp. 75-79).
En el estudio dedicado a Fedro resultan de interés varios capítulos. En el tercero (pp. 27-34) Mañas repasa la definición y terminología de la fábula recurriendo a los rétores griegos Teón y Aftonio y a tratados de retórica latinos como la Retórica a Herenio y la obra de Quintiliano. A continuación analiza el programa poético de Fedro, donde convergen ideales de la poesía neotérica, como la recusatio de la poesía elevada y el gusto por la obra pulida, y el par utile-dulce como esencia de la poesía didáctico-moralizante. En relación con la terminología tal vez le hubiera sido útil al autor el artículo de J. Costas “La terminología latina de la fábula” (en Symbolae Ludovico Mitxelena septuagenario oblatae, Vitoria 1985, 287-294).
El capítulo cuarto (pp. 34-41) también es digno de atención. A la luz de los trabajos de Rodríguez Adrados, Mañas clasifica las fábulas fedrianas en tres grupos según las fuentes: a) Fedro y las Fábulas Anónimas; b) Fedro y otras fuentes; c) Fábulas exclusivas de Fedro. En el tercer grupo hay algo de confusión. Mañas utiliza la fórmula “En cuanto a la forma...” (p. 38) para introducir “los tipos tradicionales, aunque con ciertas modificaciones”. En el siguiente párrafo habla de las fábulas “totalmente nuevas y que son, casi todas, de creación”. Parece, pues, haber distinguido estos dos bloques: el de las fábulas que responden, con alguna modificación, a la tradición y el de las fábulas completamente nuevas. Sin embargo, en el párrafo siguiente (p. 39) comienza de nuevo con la fórmula “En cuanto a la forma...”. No está claro si ahora se refiere a una segunda perspectiva formal del conjunto de fábulas del grupo C (la primera sería la expuesta en el otro párrafo que comenzaba igual) o a un análisis formal de las fábulas “totalmente nuevas”.
El capítulo más valioso de la introducción es el sexto (pp. 44-74), que el autor dedica a la relación del género con las escuelas cínica y estoica. Mañas repasa con detenimiento -lo que es de agradecer- los múltiples temas que la fábula comparte con la crítica de los cínicos (naturaleza, fortuna, riqueza, codicia, búsqueda del placer, ingratitud, jactancia, etc.) y con la filosofía estoica (resignación ante el destino, ira, perdón, etc.), sin que esté siempre claro dónde está el límite entre ambas doctrinas.
En el capítulo séptimo (pp. 75-79) Mañas relaciona la paremiología y la fábula. Es habitual que una fábula contenga proverbios y que un proverbio se convierta en el cierre en boca del vencedor, y habitual es que los epimitios y promitios se elaboren con expresiones proverbiales. Además, un proverbio puede ser la fuente de una fábula y viceversa, o ambos tratar el mismo tema de forma independiente. Es una relación bien conocida y sobre la que se han escrito notables trabajos. Mañas cita el estudio de J. Christes (Hermes 107) sobre las sentencias de Publilio Siro y Fedro. Podría añadirse el artículo de H. Van Thiel: “Sprichwörter in Fabeln”, A&A 17 (1971) 105-118.
La pervivencia de cualquier autor latino es tan compleja que en unas cuantas páginas no cabe sino esbozarla. Es lo que hace Mañas respecto de Fedro en el capítulo octavo (pp. 79-82). Quizás habría que incluir en la estela de este autor al humanista Gabriele Faerno, cuyas Fabulae centum (Roma 1563) tienen la singularidad de estar compuestas en verso yámbico, a la manera fedriana, lo que la aleja de la tradición medieval y renacentista en dísticos elegíacos, heredera de Aviano. Faerno debió de conocer a Fedro manuscrito.
Justo es elogiar el esfuerzo de síntesis que ha realizado Mañas en el capítulo undécimo (pp. 85-157). A partir del Inventario de Rodríguez Adrados ofrece el resumen, las fuentes, el tema y el esquema de cada relato. Añade para algunas fábulas bibliografía específica. Sin embargo, este amplísimo capítulo no era necesario. El lector especialista conoce bien el Inventario y siempre puede recurrir a él; por otra parte, el lector iniciado ya cuenta con información suficiente en el resto de la introducción y, además, no es fácil que comprenda fórmulas como A/Sit.-Adir./Bdir. Como en la introducción a Aviano hay un capítulo de igual naturaleza (pp. 286-301), sirva esta observación para ambos.
Pasemos ahora a Aviano.
En el primer capítulo (pp. 259-263) Mañas expone de forma sucinta los principales problemas que han suscitado el nombre y la época del fabulista. Frente a hipótesis como la de Ellis (Auienus) y L. Herrmann (Caius Laetus Auianus), la opinio communis es que sólo conocemos un nombre: Aviano. Las formas Avieno y Aniano serían corrupciones de la trasmisión. En cuanto a la época, la escasez de datos obliga a examinar escrupulosamente el interior de las fábulas. Hay rasgos de naturaleza varia que sitúan a Aviano entre fines del siglo IV y principios del V. El más importante es sin duda el uso del cursus en la prosa del prólogo de las fábulas, que prueba la presencia del acento de intensidad, como ha demostrado A. Cameron (CQ 17, 1967). Añade Mañas otros rasgos prosódicos, métricos y lingüísticos que muestran coincidencias formales entre el verso de Aviano y autores tardíos como Ausonio, Prudencio y Arnobio. Asimismo, cabe pensar, como han defendido muchos críticos, que el Teodosio destinatario del prólogo sea Ambrosio Macrobio Teodosio, conocido como Macrobio, el autor de las Saturnales.
En el primer apartado del segundo capítulo (pp. 263-265) se analiza, con la guía de R. Ellis y A. Cameron, el tiempo de publicación de las fábulas. Es un intento de establecer paralelos y una posible relación modelo-imitación entre expresiones de Aviano y otras de Macrobio, Ausonio y Símaco. La conclusión, por falta de datos, es poco precisa: el año 384 como terminus post quem.
Más interesante resulta el segundo apartado (265-270), donde Mañas repasa, siguiendo a Rodríguez Adrados, las fuentes de las fábulas de Aviano. Se constata que Babrio, si bien no siempre es el modelo de las fábulas, sí lo es del estilo, hasta el punto de que Aviano convierte en “babrianas” fábulas procedentes de la tradición antigua griega.
Mañas aborda en el tercer apartado (pp. 270-272) los problemas de autenticidad de algunos promitios y epimitios cuyo vínculo con el relato no es tan estrecho como en el resto. A pesar de haber sido transmitidos en los mejores manuscritos, algunos críticos los han considerado apócrifos. Igualmente se ha dudado (R. Ellis, L. Herrmann) de la autoría en relación con varias fábulas por faltas métricas, estilo embarazoso y lengua atípica de Aviano. La conclusión es que no hay razones de peso para dudar de la autenticidad de los promitios, epimitios y de las cuarenta y dos fábulas. El mensaje moral de las fábulas es el tema del apartado siguiente (pp. 272-275). Remitimos a lo dicho más arriba a propósito de la temática de Fedro.
De la valoración de las fábulas y la pervivencia tratan los apartados quinto y sexto respectivamente (pp. 275-284). Al margen de sus propias limitaciones como poeta, que hay que enjuiciar según la estética de su tiempo, lejos de los criterios con que analizamos los versos de Virgilio u Ovidio, en Aviano se dan dos circunstancias que no han contribuido precisamente a su justa valoración: la época (“la poesía de Aviano, como en general toda la poesía tardoantigua, no ha gozado de gran aprecio entre los críticos”, p. 275) y el género elegido, correspondiente al genus humile. Sin embargo, el tono didáctico-moralizante de la colección y la elección del dístico elegíaco lo convirtieron en un autor habitual en las escuelas medievales. Pocos como él gozaron de tanta difusión en la Edad Media y aún en el Renacimiento. El dístico elegíaco jugó un papel importante, porque, aparte de prestar una estructura sencilla y cerrada que hacía más asequible la recepción de los mensajes morales, resultaba una opción más fácil para los ejercicios de composición que los escolares habían de llevar a cabo en el seno de los progymnasmata.
El libro contiene abundante información bibliográfica, pero adolece de dispersión. Hay autores que no siempre registran en la bibliografía general todos y cada uno de los trabajos citados en la introducción, sobre todo si la información que ofrecen es marginal o es específica y la bibliografía general se ha destinado a trabajos genéricos. A primera vista, este podría haber sido el criterio de Mañas, porque cita un buen número de estudios específicos en las notas complementarias de cada fábula que luego no recoge en la bibliografía general. Es el caso, entre otros, de F. Rodríguez Adrados (pp. 87, 124), F. Della Corte (p. 88), S. Luria (p. 92), A. M. Finoli (p. 93), P. Camastra (p. 95), F. Bertini (p. 103) y A. Guaglianone (p. 125). Sin embargo, no parece haber sido así, ya que también hay trabajos específicos citados en ambos lugares, como el de L. Fiocchi (pp. 287 y 304), e incluso sólo citados en la bibliografía general, como es el caso del artículo de F. Menna sobre la fábula XXI de Aviano. Del mismo modo llama la atención que el libro editado por P. Carnes en 1988, Proverbia in fabula. Essays on the relationship of the proverb and the fable, siendo de alcance genérico, sólo esté citado en los comentarios a la fábula III 3 de Fedro y no en la bibliografía general.
Por lo demás, la bibliografía de Fedro es muy completa en lo que se refiere a ediciones, traducciones y estudios. Se podrían añadir el artículo de Prinz (WS 43) sobre la cronología de las fábulas y el de M. Swoboda (Eos 52) sobre la imitación fedriana de Esopo. Falta, no obstante, un apartado sobre léxicos e índices. Habría bastado el Lexicon Phaedrianum (1980) de C. A. Cremona.
Dado que, como bien dice Mañas, la bibliografía de Aviano es más bien escasa, no es inoportuno completarla ahora con estudios no citados: el de M. Soudée sobre la autenticidad de las fábulas (EMA 22) y el de A. Guaglianone sobre los epimitios (Atti Accad. Pontaniana 5). Para la pervivencia, la reciente edición de Zurli (Génova 1995) del Novus Avianus del anónimo de Asti (Astensis poeta).
La traducción es ajustada y correcta, aunque a veces un poco literal. Las notas explicativas abundan y son muy útiles. Muchas de las que complementan la traducción de Aviano recogen reminiscencias formales de Horacio, Virgilio, Tibulo, Fedro, Marcial, etc. No obstante, en las notas al texto de Fedro apenas hay referencias de esta naturaleza. No sé hasta dónde alcanzan las huellas formales de la poesía anterior en Fedro, pero sí he detectado posibles reminiscencias temáticas. Por ejemplo, en 3,11,5 hay un juego de palabras con los dos significados de testis: “testículo” y “testigo”. Mañas lo explica oportunamente en nota a la traducción (p. 204), que hubiera quedado más completa con la mención, al menos, de PLAVT. Curc. 30, donde ya se encuentra este mismo juego. En App. 7,15-16 Fedro afirma que al rico propietario de tierras le embarga mayor preocupación cuanto mayor es la heredad que posee. En términos parecidos expresa Tibulo en 1,1 su recusatio de “las muchas yugadas de suelo cultivado”.
Como sugerencia al autor he aquí algunas notas que complementarían la muy rica y variopinta información que ofrece sobre las fábulas. El tono de rechazo de la nave Argo en PHAEDR. 4,7 recuerda al tópico del inuentor de la navegación, contra quien lanzaron imprecaciones, entre otros, Horacio (carm. 1,3,9-12), Propercio (1,17,13-14) y Estacio (silu. 3,2,61-64). Para AVIAN. 35, donde se cuenta la forma de criar la mona a sus dos crías (amor para una, odio para la otra), es imprescindible el pasaje de Plinio (nat. 8,216) que explica este comportamiento del animal.
Por último, creo que hubiera sido muy útil para los especialistas e interesados en el género de la fábula un índice de animales, hecho en el que no suelen reparar los editores y traductores de este tipo de relatos.
Hora es de concluir. Al margen de estas observaciones, muchas de las cuales pueden ser discutibles, el lector encontrará en este libro información sobrada y bien documentada para comprender el género de la fábula en la tradición latina, representada por Fedro y Aviano, y una traducción española moderna, anotada generosamente. En buena sintonía con el género que edita, Mañas ha sabido aunar docere et delectare.
ANTONIO SERRANO CUETO
Universidad de Cádiz
BOLETÍN Nº 12, junio 1999