logo
Published on Sociedad de Estudios Latinos - SELat (http://selat.org)

Arias Montano en su entorno (bienes y herederos)

Autor:

Juan Gil

Publisher:

Editora Regional de Extremadura, Mérida (Badajoz)

Páginas:

Array

Synopsis:

Quienes nos dedicamos al humanismo español del siglo XVI y, en particular, a la figura de Benito Arias Montano (1527-1598), venimos lamentando el que aún quede bastante por conocer de la biografía de quien, por otra parte, fue criado y capellán predilecto de Felipe II, además de una de las plumas punteras en los campos de la filología bíblica y de la poesía neolatina del último cuarto de siglo.

Review:

La bibliografía sobre este personaje sube como la espuma coincidiendo con sus principales fastos (centenarios de nacimiento y muerte), aunque casi siempre hay que recurrir a las dos monografías más meritorias que se conocen hasta ahora: la de T. González Carvajal (Elogio histórico del doctor Benito Arias Montano, en Memorias de la Real Academia de la Historia, t. VII, Madrid 1832) y la de B. Rekers (Arias Montano, Madrid 1973). En esta ocasión, la conmemoración del cuarto centenario de la muerte de Arias Montano ha producido un fruto que, a mi juicio, está a la altura de los dos susodichos trabajos; me refiero al libro de J. Gil, que a partir de la documentación conservada en la Sección de Protocolos del Archivo Histórico Provincial de Sevilla, realiza grandes aportaciones a lo que se sabe de la biografía montaniana: por un lado, traza a la perfección el abigarrado mapa de relaciones que unían al humanista con su entorno sevillano y, por otro, revisa y estudia los bienes y colecciones del biblista, reflejo de su nivel de vida, de sus prtensiones sociales y de sus múltiples intereses científicos y artísticos.

La estructura general de la monografía de J. Gil es la que debe tener todo trabajo procedente de la prospección de archivos: una síntesis donde se estudiian los nuevos datos y unos apéndices donde se editan los documentos. La secuencia de contenidos de la síntesis responde a su vez a un orden oportuno: el primer capítulo revisa las rentas que recibía Montano, también primer objeto de inventario para los contadores de la época por tratarse de la parte más fácilmente computable de una herencia; siguiendo la dicotomía tradicional, el autor presenta en el segundo capítulo las posesiones de Montano divididas en bienes raíces y bienes muebles; en el tercer capítulo, se pasa revista a los herederos de Montano, es decir, a su familia y a sus más íntimos amigos. El primero de los dos apéndices presenta 49 documentos montanianos de diversa índole; el segundo, mucho más breve, contiene cuatro documentos tocantes a la finca sevillana donde Arias pasó la mayor parte del tiempo en el ocaso de su vida, que él llamaba “Campo de Flores”. No falta tampoco el correspondiente índice de nombres y materias que facilita al lector la consulta de datos concretos.

Por el primer capítulo sabemos que Arias Montano recibía cuatro pensiones eclesiásticas, siempre cobradas con retraso, además de la encomienda de Pelay Correa, aunque el grueso de su fortuna procedía de los juros (algo así como bonos de Deuda Pública). Tras revelar los ingresos de Montano y pasar revista a sus representantes financieros, el autor se detiene mucho más en el análisis de las propiedades que Arias adquirió con sus rentas, estudio que confirma rasgos de la personalidad del extremeño ya avanzadas en otros trabajos y, al mismo tiempo, revela algunos nuevos: así, por ejemplo, la proverbial austeridad montaniana queda una vez más al descubierto con el repaso de su vajilla, vestimenta y ropa blanca; por lo demás, Arias Montano poseía, aparte de las fincas de Aracena y Fregenal y de varias viviendas sevillanas, un museo simpar de objetos naturales, libros, manuscritos, pinturas, medallas, instrumentos científicos y matemáticos, piezas exóticas de Oriente y del Nuevo Mundo, etc., todo ello producto de un refinadísimo gusto y una obsesión de coleccionista que compartió con el propio Felipe II.

Como conclusión a estos capítulos, J. Gil apunta dos agudas ideas sobre el espíritu montaniano: la elevada posición social de un personaje que vivía de pensiones y galardones por sus méritos le llevaba a rechazar de forma visceral las misiones mundanas; y su evidente vocación aristocrática ?condición, por otra parte, que casi se le llegó a reconocer mientras vivía? se refleja en un tren de vida muy por encima de los canónigos sevillanos con los que se codeó, en la forma de crear al final de sus días una cátedra de Latín en Aracena, y en el mismo reparto de su herencia. Como nota curiosa descubrimos que, entre las condiciones que exigía el nivel de vida de Montano, no sólo estaba tener criados en casa y disponer de capataces o arrendatarios, sino incluso mantener a “dos esclavos, macho y hembra, casados y viejos” (pág. 336), propiedad que, por lo demás, era común en aquella época entre seglares y religiosos.

Destaco de todo el conjunto los puntos 4 (págs. 47-63) y 6 (págs. 66-80), dedicados a la biblioteca y a la pinacoteca, respectivamente, por el evidente regusto con el que han sido escritos, por los significativos elementos de comparación que presenta el autor para calibrar el verdadero valor de las posesiones de Montano, y por la reveladora relación de amistad que se reconstruye entre el humanista y el pintor sevillano Pedro de Villegas Marmolejo (1510-1597). Una de las conclusiones que puede sacar el lector es que el Montano coleccionista intenta llegar al justo equilibrio entre biblismo y humanismo que se conoce en el Montano poeta: así, en el que él llamaba humildemente su “Museolum” comparten sitio piezas en las que se proyecta su vocación biblista (monedas, piedras preciosas y plantas) y motivos puramente clásicos (bustos de emperadores, estatuas mitológicas, inscripciones, etc.). La consulta del epistolario de Montano, cuya edición crítica conjunta preparamos en el grupo de investigación “Elio Antonio de Nebrija” bajo la dirección del propio Juan Gil y de José María Maestre, sirve para ilustrar unas veces, y completar, otras, los ya novedosos y relevantes datos apuntados en este trabajo. Veamos un par de ejemplos:

1) En la página 42, el autor escribe que, según los inventarios que ha consultado, “no consta que Montano tuviera engastadas en ellos sus anillos de oro piedras preciosas, como era normal incluso entre los canónigos”; hay, sin embargo, testimonios epistolares de que el humanista español regaló a amigos extranjeros algún que otro “anulum cum opalo” (en concreto al obispo de Amberes, Levino Torrencio, según una carta de este último a Montano con fecha del 17 de febrero de 1588).

2) En la página 44, nota 112, J. Gil cita un texto del Commentarium in Iosuae (1583) en el que Montano se congratula de haber conseguido tras muchas pesquisas el “balsamum”, definido por él mismo como “unguentum omnium suauissimum”. Yo me inclino a considerar este “balsamum” como un preparado de boticario más que como el arbusto bíblico, del que diserta con suma erudición el profesor Gil; de ser así, cbría también identificar al incierto amigo parisino que proporciona a Montano dicho ungüento con Pedro Porret, frater de Cristóbal Plantino, según se desprende de una carta del impresor a Montano con fecha del 22 de agosto de 1579 (“Scripsi quoque ad fratrem ... ut ad me mittat receptam olei cerae et balsami artificialis ad te etiam ilico mittendam”).

El tercer capítulo, dedicado a los herederos de Montano, resulta muy útil para quien se adentra en el terreno del epistolario y la producción literaria montanianos. Con excesiva frecuencia aparecen y desaparecen en estos textos personajes de los que se tiene poquísima información y a los que Montano trató como familiares o íntimos amigos: J. Gil ha reunido todos los datos de los documentos que ha rastreado, junto con una parte menor de referencias espigadas de obras literarias y correspondencia; de esa forma se convierten en seres de carne y hueso personajes a los que antes sólo se conocía por sus nombres, y se recontruye, como resultado, el entorno hispalense de Montano, las interrelaciones entre sus componentes, y las principales gestiones económicas que desarrollaban. El círculo familiar y personal de nuestro humanista estaba formado mayoritariamente por conversos: con la familia Alcocer trató Montano desde chico; las otras dos familias, los Núñez Pérez y los Tovar, entraron después en la vida del humanista. Considero ejemplares las biografías que compone el autor para Diego Díaz Becerril, Diego Núñez Pérez y Simón de Tovar. En la actualidad estoy trabajando en algunos documentos inéditos que pueden completar este trabajo; consisten en una carta de Simón de Tovara Juan Moreto y en una serie de registros de cuentas y pedidos de libros archivados en el Museo Plantin-Moretus de Amberes que enlazan a estos tres personajes, entre otros, con Arias Montano. En nada afectan estos nuevos datos a los que ofrece el autor, aunque alguno de los nuevos documentos (en concreto, pedidos de libros realizados de forma conjunta por Montano y otras figuras de la intelectualidad hispalense) sí que aportan nuevas perspectivas sobre relaciones personales entre Arias y poetas de su tiempo como Fernando de Herrera, del que leemos en la página 161: “Fernando de Herrera y su círculo no parece que concitaran su entusiasmo (el de Montano), quizá por diferencias de criterio en una cuestión tan primordial como la lengua a escoger para hacer literatura”.

Entre las páginas 163 y 364 se sitúa el Apéndice I, compuesto por una miscelánea de documentos montanianos: desde su biblioteca de juventud hasta los inventarios y el reparto de su herencia, pasando por los principales movimientos financieros de su vida. El Apéndice II contiene cuatro documentos relativos al “Campo de Flores”, la finca sevillana de Montano; me parece delicioso el recorrido que hace el autor por la historia de este cortijo desde que lo poseía Montano hasta que ha llegado a manos de la familia del ilustre torero Ignacio Sánchez Mejías (págs. 365-368). La mayoría de los documentos de los apéndices ven la luz por primera vez, excepto unos pocos sensiblemente mejorados, como los catálogos de la biblioteca de Montano en 1548 y 1553 (doc. I) o que habían sido publicados antes de forma parcial, como la institución de la cátedra de lengua latina en Aracena (doc. 38) y el testamento de Montano. La transcripción de los textos es esmerada, con anotación de las correcciones y conjeturas del editor, y de las tachaduras y enmiendas halladas en los documentos.

A todos estos valores científicos se unen, además, dos cualidades que hacen la lectura de esta obra muy agradable: la vasta erudición de la que da frecuentes muestras el autor y un estilo ameno y divertido. Creo que los interesados en el humanismo español debemos recurrir al Arias Montano en su entorno (bienes y herederos) cuando necesitemos alguna referencia sobre la parcela hispalense de la biografía del gran teólogo y filólogo; tan sólo queda que más investigadores se animen a seguir el ejemplo de J. Gil para cubrir entornos menos concocidos de Arias Montano como el de Amberes, Roma y Madrid.

Antonio Dávila Pérez
Universidad de Cádiz
BOLETÍN Nº 11, diciembre 1998


Source URL:
http://selat.org/node/54