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A la hora de tarducir es necesario guardar un equilibrio no siempre fácil de conseguir: ser tan literal como sea posible pero tan libre como sea necesario para una adecuada comprensión del texto. Si esto resulta siempre problemático, la dificultad se acentúa al traducir de una lengua antigua a una contemporánea, ya que el contexto, el entorno, ha cambiado a lo largo de la historia.
Ése es el reto del traductor, acercarlos, hacerlos uno, reto que los traductores argentinos Daniel Samoilovich (poeta) y Antonio D. Tursi (profesor de Lengua Latina y de Filosofía Medieval en la Universidad de Buenos Aires) han aceptado. “anticuado es lo de ayer, no lo de hace dos mil años, y por momentos la aventura de hacer algo que suene a la vez contemporáneo y raro, local y universal, nos pareció posible”.
Los traductores nos muestran a un Horacio cercano, incluso moderno, tan nuevo en nuestra literatura como en su época lo fue en la latina, no sólo en el contenido, sino también en la forma, y todo ello sin ser infiel al poeta. En esta selección de veinte odas del libro tercero queda reflejada esa peculiar variedad temática de Horacio, que en realidad es el poeta mismo: odas amorosas, invocaciones a los dioses, alabanzas a la virtud, odio al vulgo profano, exaltación de la vida sencilla... También se ha intentado trasladar el sentido de la métrica latina elaborando una traducción en verso, basada unas veces en la posición del acento, otras en el número de sílabas. Ayudan también a una mejor comprensión de las odas una breve biografía del autor, un prólogo explicativo, un conciso comentario al comienzo de cada oda y unas notas aclaratorias al final del libro.
Exegi monumentum aere perennius, exclama el poeta al final del libro tercero: “He concluido una obra más durable que el bronce,/ y más alta que el túmulo real de las pirámides;/ no podrán derruirla la ávida tormenta/ ni el Aquilón furioso, ni la incontenible serie/ de los años, el tiempo que se fuga, veloz”. Difícilmente podría imaginar el poeta que su vanagloria, con el paso del tiempo, sería modestia, y que su fama resultaría más extensa que la religión y el imperio romanos.
Luis Arenal
BOLETÍN Nº 11, diciembre 1998